Revista Nº 16
El Poder religioso eclesial y el Gran Inquisidor
| CRISTIANISMO E IGLESIAS |
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| El Poder religioso eclesial y el Gran Inquisidor | |
| Por Equipo de Redacción Revista BIOSOPHIA | |
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¿Sería exagerado intentar comparar la figura del Gran Inquisidor (de la
novela “Los hermanos Karamazov” de
Feodor Dostoievski) con la del Cardenal Ratzinger, ahora Papa de No cabe duda que un ejemplo paradigmático acerca de lo que han significado las religiones y las iglesias cristianas con respecto al mensaje original de Cristo y acerca del uso e instrumentación de su figura divina, es la religión católica y su institución eclesiástica. Se puede afirmar que el monopolio que se arrogan sus jerarquías sobre la interpretación de los textos bíblicos y evangélicos y del dogma teológico, así como la presunta infalibilidad que adorna al Pontífice Papal, y el ejemplo de vida de sus pastores y sus prelados, llevan inevitablemente a que el hombre moderno, desde su raciocinio y desde la mayor o menor autonomía conseguida en el desarrollo evolutivo de su yo y su consciencia individual, cuestione la veracidad y la validez de su doctrina, pues ese presunto cristianismo lleva a esta Iglesia a situar al hombre en tiempos pretéritos, dentro de una especie de Alma sensible, donde el creyente es un súbdito y una oveja anónima del gran rebaño humano, sumisa y obediente al mandato y consejo de sus pastores los sacerdotes. No es el problema la práctica de su liturgia y de los valores que propugna tal Iglesia, sino esencialmente el enfoque que desde sus púlpitos y sus confesionarios se hace del mensaje evangélico y de la figura de Cristo y de su significado cósmico y esotérico, lo cual da lugar a un evidente desapego y rechazo por parte del hombre actual al cristianismo e indirectamente y consecuentemente a Cristo, lo que le lleva a un mayor materialismo y un más acendrado escepticismo sobre lo transcendente y sobre el mundo espiritual. Y esa es la responsabilidad kármica fundamental de la Iglesia Católica.
En su conferencia
dada en Dornach, el día 3 de junio de 1920, precisamente sobre el tema genérico
de
Mientras que la ciencia
espiritual desea poner de manifiesto el espíritu que tiene que ser el ánimo e
impulso de la quinta época post-Atlante desde
mediados del siglo XV, lo que ha aparecido como filosofía, ciencia, opinión
pública, concepción del mundo, fuera y al margen de
Sin embargo una
parte importante de la humanidad se acoge a esa creencia y a esa Iglesia, unos
porque legítimamente no quieren perder su conexión con el mundo espiritual y
trascendente en medio de este valle de lágrimas y miserias, y otros porque les
resulta más fácil y mas justificativo de su existencia la apoyatura de todo un
sistema que guarda y conserva las esencias de un determinado régimen social y
económico que proporciona seguridad y acredita la pertenencia aun status
bienpensante y “como dios manda”. Y así aunque son evidentes y notables las
chapuzas y contradicciones en toda una filosofía y una praxis en tantos
aspectos inauditas, permite algo “positivo”, y es no pensar ni cuestionar, permanecer
en paz y seguir siendo oveja del mejor de los rebaños, pues permanecer en las
filas de la feligresía católica puede ser una curación envidiable para tantos
males como los que actualmente acucian a la humanidad doliente, ya que a través
de la esperanza reconfortante de sus promesas y su doctrina uno puede evitarse
el tremendo mal trago de tener que pasar por un larguísimo e inmerecido Kama
Loka, e ir directamente al cielo devakánico, mediante el mero arrepentimiento
de los pecados y el correspondiente sacramento de la confesión practicado
ritualmente en debida forma.
Parecería un sarcasmo dotado de un sentido del humor un tanto macabro o cínico un planteamiento similar, pero es eso precisamente lo que suscita en cualquier esforzado estudiante de ciencia espiritual la consistencia y solidez de las caracterizaciones más profundas del catálogo de especifidades con que cuenta la Iglesia Romana para curar el alma en esta tremenda coyuntura. Pues, a modo de ejemplo, sus sacerdotes cuentan con el privilegio y sortilegio de poder perdonar los pecados a sus feligreses, resolviendo así mágicamente las acciones kármicas perpetradas nefasta y perniciosamente contra la Ley de Dios y sus mandamientos, al darles a los penitentes confesantes la paz y el consuelo en un acto soberano propio de dios, que sobrepasa así la inexorable justicia divina de las leyes del Karma. Pero es evidente que tal perdón supone en todo caso una curación inusitada del cuerpo astral, y un evidente descanso para los divanes de tantos psicoterapeutas por esa paz conseguida por medio de tan expeditivo mágico alivio del alma, que seguramente constituye además una ayuda generosa a la labor compleja de tantos psicoanalistas en la curación de las neurosis que aquejan al hombre moderno en medio de la mayor crisis de todos los tiempos en la que todos nos vemos sumidos. Ciertamente, el hombre hace lo indecible para escapar, empleando la
certera expresión de Erich Fromm, de su miedo a la libertad. Porque la libertad
y la independencia implica inseguridad y cierto sufrimiento que el individuo
puede intentar evitar eludiendo su libertad. En la literatura esto ha sido
agudamente descrito por el relato “El
gran inquisidor” en la genial novela “Los
hermanos Karamazov” de Dostoievski. La lucidez extrema de Iván, que acabará
llevándolo a la locura, idea este cuento que narra a su hermano Aliosha
(ejemplo de la reconciliación de racionalidad y sentimiento en la religión)
acerca de un segundo retorno de Jesucristo al mundo, concretamente a
Y es que a propósito de la ultima venida a España del actual pontífice
católico sobrevino a mucha gente toda serie de preguntas acerca de la persona
que enviste el cargo, de su curriculum profesional como Prefecto que fue del
Santo Oficio, de su tan cuestionada integrista posición teológica, y de la
función en el mundo actual de la institución eclesial católica que el mismo
dirige con similar parafernalia, boato y pomposidad a la de aquella Iglesia a
la que se refería Dostoievski a finales del siglo XIX en el relato al que
hacemos referencia. En todo caso la
lectura que proponemos nos va a permitir hacer uso de nuestra capacidad de
reflexión, para, aguzando la llama de nuestro propio pensamiento, intentar
acercarnos a ver lo que representan el jerarca visitante y la institución que
regenta y dirige en todo el mundo.
El tema que tan inteligente y sensiblemente introdujo a principios de
siglo el novelista ruso abre un debate de amplio calado acerca del papel de las
grandes religiones en relación con las verdaderas necesidades espirituales y
las preguntas transcendentales que se puede llegar a cuestionar cualquier ser
humano en esta actual época caracerizada por el más profundo materialismo y
agnosticismo de todos los tiempos, en medio de la gran crisis de valores y
principios que sacude al hombre, y por tanto de mayor ceguera espiritual. El
ciudadano de a pié, a la vista de la conducta de esos pastores de almas
intermediarios entre lo divino y el hombre, y ante el irreal y anticuado dogma preconizado por esta
iglesia y por sus jerarquías, se pregunta ¿Pero realmente se puede creer en
algo espiritual más allá de esta realidad? ¿Qué queda del mensaje del fundador
del cristianismo? ¿En qué historia acomodaticia y estratégica han convertido las
Iglesias al Mensajero, al Cristo Hijo de Dios?. Y así el Gran Inquisidor
representa en nuestros tiempos el dilema de una corporación eclesiástica y unas
jerarquías institucionales pastorales completamente alejadas de las ovejas de
su rebaño a los que paternalistamente manejan, engañan, desprecian y cosifican
en función de las necesidades políticas, económicas y sociales de los tiempos.
Y así el autor nos presenta una religión cristiano-católica que, en la metáfora
que nos presenta Dostoyevski, ya no cree ni en el Cristo que inculcó la
presunta filosofía en que se basa tal religión ni en su mensaje original, hasta
maltratarle y despreciarle, y con todo ello el lúcido autor literario nos
plantea el problema básico de todas las religiones en que la doctrina, el
dogma, la teología y la praxis institucional han fagocitado el espíritu
original del Mensajero y de
El Gran Inquisidor como fabulación
metafórica acerca del poder eclesiástico y
En el relato que luego incluiremos en su literalidad, el Gran Inquisidor,
al ver a la multitud venir a escuchar a Jesús y admirar sus milagros, le hace
prender y le mete en la cárcel. Más tarde, por la noche, le visita en la
prisión donde tiene lugar un delirante diálogo, pues se produce allí un
monólogo en el que el cardenal del Santo Oficio reprende a Jesucristo, su
presunto Dios hecho hombre, por intentar dar libertad de elección a la
humanidad, una libertad que los hombres no están dispuestos a asumir.
Digamos para abreviar y atenernos a su texto, que ha de ser concienzudamente
leído para colegir sus muchos matices y significados, que en “El gran Inquisidor”, Dostoyevski nos
cuenta, a través de la voz de Iván, el hermano escéptico de los Karamazov, una
historia fantástica en la cual, a partir de la promesa que realizó Jesucristo
de volver a
En un discurso largo el Inquisidor, irritado por los motivos de su
retorno, le pregunta a Jesús, y le intenta hacer ver que su venida y su mensaje
sólo ha de causar problemas a los hombres, pues Jesús pide cosas que los
hombres no pueden encajar bien. La madurez y libertad que les conmina a tener
se puede convertir en tormento para ellos, que en realidad quieren esclavitud,
milagros y explicaciones. Lo que Jesucristo les pide, dice el cardenal del
santo Oficio, los desborda y, en este sentido,
Por lo tanto, podemos vislumbrar que posiblemente Dostoievski pretendió,
a través de la elección de una alta jerarquía de la iglesia, reflejar que la
postura que queda plasmada en la figura del inquisidor no es una postura
marginal, o aislada, sino auspiciada desde el alto clero eclesiástico católico,
y es que, a través del monólogo que realiza el nonagenario inquisidor ante la
presencia de Cristo, Dostoievski vierte sus ideas anticlericales y críticas contra Iglesia católica, como representante de un
sistema inmovilista, conservador e incluso feudal.
Esta visión de una Iglesia católica feudal, no debería ser poco
frecuente en el entorno en el que se desarrolló Dostoievski, y es que, en
El relato constituye una férrea crítica anticlerical, concretándose
contra el clero de
Un cardenal que sabe con certeza que se trata de Cristo, pues presencia
una “demostración” (un milagro) al ver como ese Cristo resucita a una niña de
apenas siete años, hija de un ilustre ciudadano y cuyo cuerpo estaba siendo
transportado en un féretro para ser enterrado. También queda reflejada la
certeza de que no se trata de una demencia del anciano cardenal en la respuesta
de “sé demasiado lo que dirías” a la pregunta efectuada por él mismo de “¿Eres
tú?”. Así mismo se puede interpretar como un guiño a que efectivamente se trata
de Cristo en el hecho de que, a tenor de que el reo permanece callado, Iván (el
personaje de los hermanos Karamazov que relata el cuento) dice que calla “como
debe ser en todos los casos”. En este punto, se puede establecer un paralelismo
con la otra vez que Cristo fue juzgado ante Herodes y los representantes
políticos del pueblo judío y en la cual también permanece callado, tal y como se puede constatar en Lucas 23, 9.
El inquisidor, de manera evidentemente paternalista y sacerdotal,
sostiene que el hombre, ante todo, busca, religiosamente, un ser ante el que
inclinarse, un ser ante el que confiar su conciencia y la manera en que todos
se unan, y esas aspiraciones son incompatibles con las tres tentaciones que
rechazó Cristo cuando fue inducido por
el diablo: el transformar las piedras en panes para que la humanidad se
postrase ante él, el tirarse al vacío para demostrarse a sí mismo que era el
hijo de Dios y por último el aceptar los reinos de la tierra para así obtener
el poder político, poder político que proporcionaría a la humanidad la tan
ansiada unidad.
Tal vez la tesis principal de Dostoievski sea la de un retorno al
evangelio, tal como ya habían propugnado los gnósticos originarios, los cátaros
extramuros de
El otro punto principal del discurso que Dostoievski hace a través de
todo el cuento que relata Iván, es el de la existencia de dos bloques
diferenciados: por un lado el de los señores, representado por el clero y por
el otro el de los esclavos, la gente débil, en definitiva la del rebaño a
pastorear y al cual, por su debilidad hay que edulcorarles la realidad para que
de ese modo puedan llegar a ser felices, aunque serviles, subordinados al
intermediario eclesiástico y dependientes de la clase sacerdotal en su relación
con la divinidad.
Esa edulcoración conlleva que los elegidos, esos mártires torturados por
un noble sufrimiento y lleno de amor a la humanidad, carguen con la mentira que
supone hacerles ver a los hombres que ellos (el clero y la iglesia) obedecen a
Cristo y les dominan en nombre de Cristo, cuando en realidad es falso. De este
modo, Dostoievski continúa con la crítica a los estamentos de la iglesia al
decir que no actúan de acuerdo a lo que Jesús predicó, sino que además actúan
de acuerdo al anticristo desde el
momento que aceptaron el poder político que conllevaba la constitución del
estado Vaticano.
Queda patente también en esta postura tomada por el inquisidor la falta
de fe que tiene en la humanidad, o en su grueso, la cual sería incapaz de
sobrevivir y ser feliz con libertad, pues según el inquisidor, el pan material,
esto es, el bienestar material es incompatible con la libertad. Llega a rebajar
la dignidad del ser humano hasta el punto de compararlos con niños amotinados
en una clase, y en contraposición al mensaje de Cristo, el cual por un lado
reflejaba su gran fe por la humanidad y sus aptitudes, y por el otro, tenía un
carácter universal, en el sentido de que iba dirigido a toda la humanidad,
independientemente de sus condiciones y aptitudes, independientemente de que
sea débiles o no.
En definitiva, podemos concluir que Dostoievski critica a una Iglesia
que no cree verdaderamente en el mensaje de Cristo, que dice defenderlo de una
manera hipócrita para procurar una felicidad superflua y mundana en el
individuo de a pie, y todo esto, debido a una falta de fe en las aptitudes de
los hombres en general y más concretamente en la capacidad de las personas de
poder ser felices con una total libertad de conciencia para creer de acuerdo al
libre albedrío de cada uno, donde realmente radica el valor de la creencia y la
fe, tal y como predicó Jesucristo.
Presenta una Iglesia que, aunque aparentemente se le puede encontrar
cierto punto de piedad y amor por la humanidad, es contraria a aquello a lo que
dice defender: el mensaje de Cristo, hasta tal punto que las pretensiones de
Han pasado ya
quince siglos desde que Cristo dijo: “No
tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe”.
Tales fueron sus palabras al desparecer, y
Y he aquí que ha querido mostrarse, al
menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado,
pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época,
la de
No se trata de la venida prometida para
la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el
brillo de su gloria y su divinidad, “como un relámpago que brilla del Ocaso al
Oriente”. No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha
escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la
forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.
El pueblo, impelido por un irresistible
impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lentamente, con una sonrisa de
piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos
fluyen
Cristo se detiene en el atrio de la
catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd
blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de
diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.
—¡Él resucitará a tu hija! —le grita el pueblo
a la desconsolada madre.
El sacerdote que ha salido a recibir el
ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.
Pero la madre profiere: —¡Si eres Tú,
resucita a mi hija!
Y se postra ante Él. Se detiene el
cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla,
compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (“Levántate, muchacha”).
La muerta se incorpora, abre los ojos,
sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que
su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama,
llora.
En el mismo momento en que se detiene el
cortejo, aparece en la plaza el cardenal
gran inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una
ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han
apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje
con que asistió a la cremación de los enemigos de
Sus siniestros colaboradores y los
esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre
detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde
lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la
muerta... Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo
de sus ojos.
—¡Prendedle!—ordena a sus esbirros,
señalando a Cristo.
Y es tal su poder, tal la medrosa
sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta al punto, silenciosa, y
los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se
inclina al paso del anciano y recibe su bendición.
Los esbirros conducen al preso a la
cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.
Muere el día, y una noche de luna, una
noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede.
De pronto, en las tinieblas se abre la
férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo,
alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. El anciano se
detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, contempla, durante cerca
de dos minutos, al preso. Luego, avanza lenta mente, deja la linterna sobre la
mesa y pregunta:
—¿Eres Tú, en efecto?
Pero, sin esperar la respuesta prosigue:
—No hables, calla. ¿Qué podrías decirme?
Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste.
¿Porqué has venido a molestarnos?… Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas
yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su
apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como
el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba
los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de
esto te sorprenda...
Y el anciano, mudo y pensativo sigue
mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave.
Si no el texto literal, el sentido de la
primera pregunta es el siguiente: “Quieres presentarte al mundo con las manos
vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad
naturales no le permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el
hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la
libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras esparcidas ante
tu vista, verías a
Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de
hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el
pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: “¡Cadenas y
pan!” Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición
del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca — ¡nunca! — sabrán
repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad;
débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo.
¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza
humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás
atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y
las decenas de millones no lo bastante fuertes como para preferir el pan del
cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los
demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te
aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?...
Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición
viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una
vez que hayamos cargado sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez
que hayamos aceptado el cetro que nos ofrecerán — ¡tan grande será el miedo que
la libertad acabará por inspirarles! —. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte
acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra
cruz.
No hay, te
repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la
libertad de la que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para
obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la
conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan,
porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se
hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para
seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en
la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué
debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido,
aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el
conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste barreras,
olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el
hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el
hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en
vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar
definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario,
vago, hipotético, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a
quien, ¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas.
Al quitarle
barreras a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de
dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura
ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir
entre el bien y el mal. ¿,No se te alcanzaba que acabarías por desatender
incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre
elección, y que gritaría: “Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a
sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales
tinieblas?” Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras
escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas
capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos
— haciéndoles felices — : el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no
quisiste valerte de ninguna.
El Espíritu
terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: “¿Quieres saber si eres el
Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles habrán de tomarte
en sus manos.” Tú rechazaste tal propuesta, no te dejaste caer. Demostraste con
ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles,
impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras
perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo,
estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay
muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres
serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza
humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la
libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas
vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado
en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados
rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los
milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los
inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de
los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.
Cuando te dijeron, por burla: “¡Baja de la
cruz y creeremos en ti!”, no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al
hombre con el milagro, porque lo que deseaba de él era una creencia libre, no
violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no las
transacciones serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en
todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es
esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga.
¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo
que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y
sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas
más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y
cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se
enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad
de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el
maestro y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará
cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la
tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son
capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán
que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo
gritarán, desesperados. Y esta blasfemia aumentará su miseria, pues la
naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga
ella misma de castigarla.
¿Por qué te
limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu
amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo.
Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír
precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos
con Él... ; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo — ¡ocho siglos! — que no
estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que
tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra,
rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de
César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha
acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla
concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros
conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos
de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César;
¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos
de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su
conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso
hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres
supremos tormentos de
Tomamos la espada de César y, al
hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje
intelectual, de pedantería y de antropofagia —los hombres, luego de erigir, sin
nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia—; pero la bestia
acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con
lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos
una copa en la que se leerá la palabra “Misterio”. Y entonces, sólo entonces,
empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te
enorgulleces de tus elegidos, pero son solo una minoria: nosotros les daremos a
todos el remanso y la calma. Y aun de esa minoría, aun de entre esos “fuertes”
llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de
esperar, cuántos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu
y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros
les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las revueltas y matanzas
originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente
libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien
sabrán ellos que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que
la libertad lleva consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia
llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios, a
cansarles con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán;
otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros —los
más—, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: “¡Sí,
tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros!
¡Salvadnos de nosotros mismos!”
No se les ocultará que el pan —obtenido
con su propio trabajo, sin milagro alguno— que reciben de nosotros se lo
tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las
piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará
es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en
panes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en
piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo
comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que
dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por
extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a
la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les
daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una
felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad, y no,
como Tú, el orgullo . Les probaremos que son débiles niños, pero que la
felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos
perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que
buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les
enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para
domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los
niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con qué facilidad,
a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los
niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos,
para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de
canciones, coros inocentes y danzas.
Todos los millones de seres humanos
serán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del
secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por
miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y
maldito, del bien y del mal. Morirán en paz pronunciando tu nombre, y, más allá
de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo
callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una
eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha
sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus
elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado
a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice
que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la “copa del misterio” en las
manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera,
desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré
entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han
conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de
sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: “¡Júzganos, si puedes y te
atreves!” No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he
alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les
diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he
renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los
que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los
humildes.
Lo que te digo se realizará; nuestro
imperio será un hecho.
Y te repito que mañana, a una señal mía,
verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber
venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te
quemaré. Dixi.
Y entonces el inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que entonces el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: “¡Vete y no vuelvas nunca... , nunca! Y le deja salir hacia las tinieblas de la ciudad”. El preso se aleja…….
Equipo de Redacción Revista BIOSOPHIA
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Cuando, a la muerte del anterior pontífice católico, el ya santo Juan Pablo II, los 115 cardenales que llegaron de todos los rincones de la tierra decidieron nombrar como Pontifice reinante al Prefecto para
Y continúa Steiner en dicha conferencia: Una institución
permeada por un cierto espíritu como su propia alma, si se trata de mantenerse
a sí misma como institución, sólo puede luchar por el pasado. Exigir de
Lo que fué el glorioso entierro del Papa Juan Pablo II y la explosiva elección del cardenal Joseph Ratzinger como el sucesor de pontificado, así como la linea doctrinal y teológica asumida y practicada por este Papa desde entonces, nos retrotraen y ponen de nuevo en plena vigencia la conocida leyenda del Gran Inquisidor que Fiódor Dostoyevski relató de forma magistral, a través de la boca de Iván, en su novela “Los
hermanos Karamazov”, cuando nos contaba que Jesús había vuelto a la tierra
en el siglo XVI, a la ciudad de Sevilla, España, precisamente el día después de
una ajusticiamiento de "casi 100 herejes ad majorem Dei gloriam."
Esta elección debe ser subrayada, y es que hay que tener en cuenta el poder e influencia que dentro de
Este cardenal, Señor con ciertas trazas del Superhombre de Nietzsche, que encarnaría al soberbio príncipe de las tinieblas ahrimánico, es el símbolo de la contraposición entre lo que aboga Cristo y lo que representa el cardenal inquisidor y su institución eclesiástica, y llega a compararse con la deidad misma al afirmar que él, al igual que hicieron Cristo cuando fue tentado por el diablo y los profetas, estuvo en el desierto nutriéndose de langostas y raíces. Se presenta como un cardenal que ha dejado de creer en la conveniencia de lo que predicó Cristo para la mayoría de los hombres de a pie, ya que según él, esa doctrina no puede ser asumida por seres tan débiles como son los seres humanos, o por lo menos la mayoría de ellos.
En este sentido el inquisidor establece de antemano que el mensaje auténticamente crístico no puede ser asumido por los hombres a causa de su debilidad, no son dignos de él, no los considera lo suficientemente capaces para asumirlo.
Hasta les permitiremos pecar — ¡su naturaleza es tan flaca!—. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.