Revista Nº 13
Percepción del Mundo Elemental
| CLARIVIDENCIA Y ESPÍRITU |
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| Percepción del Mundo Elemental | |
| Por Rudolf Steiner | |
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Conferencia pronunciada en Munich, el 26 de agosto de 1913
Voy a dar aquí el nombre de mundo elemental al primero con el que el alma del ser humano se encuentra al hacerse clarividente y cruzar el umbral. Sólo una persona que quiera llevar los hábitos del mundo de los sentidos a los más elevados suprasensibles puede pedir uniformidad en la elección de los nombres para todos los puntos de vista que esos mundos elevados puedan ofrecer. La vida del alma, cuando traspasa el umbral del mundo elemental, se encuentra completamente con nuevos requerimientos. Si insiste en entrar en ese mundo con las costumbres del mundo sensible, podrían suceder dos cosas: una nebulosidad, o completa obscuridad se extenderían por el horizonte de la conciencia, sobre el campo de visión, o sea, si el alma desea entrar en el mundo elemental sin estar preparada para las peculiaridades y requerimientos del mismo, sería expulsado de vuelta al mundo sensorial. El mundo elemental es absolutamente diferente del mundo sensorial. En el mundo en el que vivimos cuando usted se mueve desde un ser vivo a otro, o desde un acontecimiento al siguiente, tiene delante a estos seres y acontecimientos y puede observarlos y confrontarse a ellos, manteniendo su propia existencia y personalidad separada. En la presencia de otra persona o suceso usted es la misma persona que lo era antes de ese encuentro o confrontación con una nueva situación, nunca puede perderse en ése otro ser o suceso. En el mundo de los sentidos los confronta, permanece delante de ellos y siempre será el mismo, dondequiera que vaya.
Entonces tenemos que considerar una peculiaridad del alma en el mundo elemental: la capacidad de trasformar nuestro propio ser en otros seres separados de nosotros. Debemos tener la capacidad de metamorfosis. Debemos ser capaces de sumergirnos en el otro ser y hacernos él. Hemos de ser capaces de perder la conciencia que siempre, a fin de permanecer emocionalmente sanos, tenemos que conservar en el mundo sensorial, la conciencia del “Yo mismo”. En el mundo elemental sólo llegamos a conocer a otro ser cuando interiormente nos hemos “convertido” en él. Cuando hemos cruzado el umbral tenemos que movernos de tal modo que con cada paso nos trasformamos en cada acontecimiento, deslizándonos sigilosamente en cada ser particular. Pertenece a la salud del alma de una persona que en su paso por el mundo sensorial siempre mantenga y afirme su propio carácter individual. Pero esto es totalmente imposible en el mundo elemental, donde ello le conduciría, o bien al oscurecimiento de su campo de visión, o a ser arrojado de vuelta al mundo de los sentidos. Comprenderán fácilmente que, a fin de ejercer la facultad de trasformación, el alma necesita algo más de lo que posee aquí en nuestro mundo. El alma humana es demasiado débil para ser capaz de cambiar continuamente, adaptándose a cada clase de ser, si penetra en el mundo elemental en su estado ordinario. Por lo tanto, las fuerzas del alma humana deben ser reforzadas y aumentadas mediante los ejercicios preparatorios descritos en mis libros “Ciencia Oculta” y “Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores”; con ellos la vida del alma se hará más fuerte y poderosa. Entonces se puede sumergir en otras entidades sin perderse en el proceso. Dicho esto, inmediatamente comprenderán la importancia de considerar lo que se denomina el umbral entre el mundo de los sentidos y el mundo suprasensible. Siempre hemos dicho que la conciencia clarividente del ser humano en la tierra debe ir de acá para allá continuamente, que ha de observar el mundo espiritual más allá del umbral, mientras permanece fuera del cuerpo físico, y ha de poder retornar, ejercitando de forma saludable las facultades que le conducen a la correcta observación del mundo físico sensorial.
Ahora supongamos que un alma, que se ha hecho clarividente, trasmitiera en el mundo físico este deseo de trasformación de su cuerpo etérico. Entonces, esta tendencia hacia el movimiento se introduciría en el cuerpo físico, y con ello el alma entraría en contradicción con el mundo físico que quiere conformarlo dentro de una personalidad definida. El cuerpo etérico, que siempre quiere moverse libremente, puede volver desde el umbral de modo incorrecto, a cada momento deseando ser algo o alguien más, alguien que puede ser completamente la parte opuesta de la forma firmemente impresa del cuerpo físico. Poniéndolo de forma más concreta: una persona puede ser un ejecutivo de un banco, gracias a su cuerpo físico, pero, debido a que su cuerpo etérico trae al mundo físico el impulso de liberarse de coacciones físicas, puede imaginarse que es el emperador de China, (o, usando otro ejemplo, una persona puede ser, digamos, el presidente de Vemos que el umbral que bruscamente separa el mundo sensorial del mundo suprasensible ha de respetarse absolutamente; el alma tiene que observar los requerimientos de cada uno de ellos, adaptándose y comportándose de forma diferente en este lado y en el otro. Hemos enfatizado repetidamente que las peculiaridades del mundo suprasensible no deben ser indebidamente trasmitidas cuando uno vuelve al mundo de los sentidos. Si puedo exponerlo más claramente, uno tiene que comprender cómo comportarse en ambos mundos; uno no puede trasmitir en un mundo el método de observación que es el correcto en el otro.
Para entender esto, deberíamos considerar que en el mundo físico-sensorial el ser humano es un ego, un “Yo”. Es un cuerpo físico mientras está despierto, que contribuye a lo que sea necesario para mantener ese sentimiento de ser. Las fuerzas del cuerpo físico, cuando el ser humano se sumerge en él, le proveen del poder de sentirse un ego, un “Yo”. Es diferente en el mundo elemental. Allí el ser humano debe conseguir, hasta cierto punto, lo que el cuerpo físico consigue en el mundo físico. No puede desarrollar ningún sentimiento en el mundo elemental si no ejerce su voluntad él mismo. Esto, sin embargo, pide la superación de algo que está profundamente arraigado en nosotros: nuestro amor por la comodidad y la conveniencia. En el mundo elemental esta auto-voluntad es necesaria; igual que la alternancia entre el estar despiertos y el dormir en el mundo físico, la condición de “transformarse uno mismo en otros seres” ha de ceder el paso al sentimiento de la volición auto-reforzada, exactamente igual que cerramos los ojos en el mundo físico cuando estamos cansados, vencidos por el sueño; ese momento llega en el mundo elemental cuando el cuerpo etérico siente, “no puedo seguir cambiando” ; ahora debo cerrarme a todos los seres y acontecimientos a mi alrededor. Tendré que alejar todo esto de mi campo de visión y mirar más lejos. Ahora debo vivir absoluta y completamente dentro de mi, no haciendo caso a los otros seres y sucesos”. Esta “voluntad de ser”, excluyendo todo lo demás, equivale al sueño en el mundo físico. Estaríamos equivocados si imaginamos que la alternancia de transformación, con el sentimiento del ego reforzado regulado en el mundo elemental, es igual de natural que el estar despiertos y dormidos en el mundo físico. De acuerdo al conocimiento clarividente, y sólo con él se puede percibir, esto ocurre a voluntad, y no pasa tan fácilmente como aquí la diferencia entre el estar despierto y el dormirse. Después de que uno ha vivido durante un tiempo en el elemento de la metamorfosis, uno siente la necesidad, dentro de uno mismo, de entablar y usar la otra parte de la oscilación del péndulo de la vida elemental. De una forma mucho más arbitraria que con nuestro estar despiertos y dormir, el elemento de transformación en sí alterna con lo que vive dentro del elevado sentimiento del ser. Sí, nuestra conciencia puede traerlo a través de su elasticidad, que en ciertas circunstancias ambas condiciones pueden estar presentes al mismo tiempo: por una parte uno se trasforma hasta cierto punto y aún puede mantener unidas ciertas partes del alma con el resto, dentro de uno. En el mundo elemental podemos despertar y dormir al mismo tiempo, algo que no deberíamos tratar de hacer en el mundo físico si tenemos alguna consideración por nuestra vida anímica. Debemos tener en cuenta que cuando el pensamiento se desenvuelve correctamente con la facultad de transformación y comienza a sentirse como en casa en el mundo elemental, la forma correcta y saludable en ese mundo no puede usarse en el mundo físico.
Así vemos que los hábitos de nuestra vida anímica han de cambiar cuando cruzamos el umbral desde el mundo físico al mundo suprasensible. Si tuviéramos que volver al mundo físico con la actividad en marcha de las entidades vivas de los pensamientos del mundo elemental, y dejásemos de desarrollar en nosotros el pensar correcto con respecto a estos pensamientos pasivos, deseando más bien mantener las condiciones del otro mundo, nuestros pensamientos se nos escaparían continuamente; y en ese caso, al correr detrás de ellos, nos convertiríamos en esclavos de nuestros pensamientos. Cuando una persona entra en el mundo elemental con su alma clarividente, y pone en marcha su facultad de metamorfosis, ahonda con ello en su vida interior, transformándose a si misma según la clase de entidad con la que se confronta. ¿Cual es su experiencia cuando hace esto? Es algo que podemos identificar como simpatía y antipatía. Fuera de las profundidades del alma estas experiencias parecen correctas, al presentarse al alma que se ha vuelto clarividente. Estos tipos de simpatía y antipatía aparecen completamente definidas al transformarse en este ser o en el otro. Cuando la persona se dirige de una transformación a la siguiente, permanece continuamente consciente de las diferentes simpatías o antipatías, al igual que en el mundo físico reconocemos, localizamos y describimos los objetos y seres vivos, y, en resumen, lo que correspondería en el mundo espiritual al describir a sus seres en términos particulares de simpatías y antipatías, sería el equivalente a cuando aquí percibimos el color con nuestros ojos, u oímos los sonidos con nuestros oídos,. Dos cosas, sin embargo, han de destacarse. Una es que, en nuestra forma habitual de hablar en el mundo físico, generalmente sólo diferenciamos entre grados más fuertes y más débiles de simpatía y antipatía; mientras que en el mundo elemental las simpatías y antipatías difieren entre ellas, no sólo en grado, sino también en calidad. Allí varían justo como aquí el amarillo es completamente diferente al rojo. Tal como nuestros colores son cualitativamente diferentes, igual lo son las muchas variedades de simpatía y antipatía que encontramos en el mundo elemental. Por consiguiente, a fin de entender esto de forma apropiada, en el mundo físico uno no puede decir simplemente lo que haría al entrar en una entidad particular, si sentiría mayor simpatía, mientras que si se sumergiese en otra entidad sentiría menor simpatía. No; sino que allí pueden encontrarse simpatías de todas las clases. El otro punto a considerar es el siguiente. Nuestra actitud natural habitual hacia la simpatía o antipatía no podemos llevarla al mundo elemental. En este mundo de aquí sentimos atracción por algunas personas, repulsión hacia otras; nos asociamos con las que nos son simpáticas y deseamos estar cerca de ellas. Nos apartamos de las cosas y personas que aborrecemos y no queremos nada con ellas. Este no es el caso en el mundo elemental, ya que allí, si puedo expresarlo aunque sea de manera extraña, no encontraremos las simpatías simpáticas, ni las antipatías antipáticas. Esto se parecería a decir en el mundo físico: “Sólo puedo usar azules y verdes, no los colores rojos o amarillos. Simplemente tengo que escaparme del rojo y del amarillo.” Si un ser del mundo elemental es antipático, significa que tiene una característica distinta de aquel mundo que debe ser descrita como antipatía, y tenemos que tratar con ello de igual forma como lo hacemos en el mundo físico con los colores azul y rojo, no permitiendo que uno nos sea más simpático que el otro. Aquí nos encontramos con todos los colores con toda tranquilidad porque ellos simplemente trasmiten lo que son las cosas. Sólo cuando una persona es algo neurótica se quiere escapar de ciertos colores, como cuando un toro no puede ver el color rojo. La mayoría de nosotros aceptamos todos los colores con ecuanimidad, y de igual manera deberíamos ser capaces de observar con la máxima tranquilidad las cualidades de simpatía y antipatía que pertenecen al mundo elemental. Por esto debemos cambiar necesariamente la actitud habitual del alma en el mundo físico, en donde es atraído por la simpatía y repelido por la antipatía; debe cambiarse completamente. Allí el humor interior o la disposición correspondiente al sentimiento de simpatía y antipatía han de reemplazarse por lo que podemos denominar tranquilidad anímica, paz de espíritu. Con una vida del alma interior llena de calma espiritual, nos podemos sumergir en las entidades transformándonos en ellas; entonces sentiremos las cualidades de esos seres, por encima de nuestras profundas simpatías y antipatías anímicas. Sólo cuando podemos hacer esto, con esa actitud hacia la simpatía y antipatía, experimentará el alma experiencias capaces de no dejar que aparezca la simpatía y antipatía antes de las imágenes correctas y verdaderas. Es decir, sólo entonces seremos capaces no simplemente del sentimiento de percepción de lo que son las simpatías y antipatías, sino de las experiencias reales de nuestro propio ser, transformado en otro ser, repentinamente convertido en otra imagen de color o tono del mundo elemental.
Lo mismo podemos decir con la naturaleza de nuestra voluntad. La voluntad ha de fortalecerse, ya que en el mundo elemental las cosas no nos obligan como lo hace lo que nos proporciona el Yo a través de las fuerzas del cuerpo físico. Allí nosotros mismos tenemos que tener la voluntad de sentir el Yo; tenemos que averiguar lo que significa para nuestra alma estar completamente llenos de conciencia, ser “Yo mismo”; tenemos que experimentar algo del mayor significado: que cuando no somos lo suficientemente fuertes para sacar adelante el verdadero acto de voluntad, el “Yo mismo quiero”, y no sólo el pensamiento de ello, en ese momento nos sentiremos en la debilidad de caer en la inconsciencia del pensar. Si no nos mantenemos enteros en el mundo elemental caeremos en una especie de debilidad. Allí examinamos la verdadera naturaleza de la voluntad, algo que nuevamente no podemos descubrir por medio de la ciencia externa o la filosofía, sino sólo a través de la conciencia clarividente. Lo que llamamos voluntad en el mundo físico sólo es una sombra de la poderosa imagen viviente de la voluntad en el mundo elemental, que crece y se desarrolla de tal forma que puede mantener al Yo fuera de su propia volición, sin el soporte de fuerzas externas. Podemos decir que todo en ese mundo, cuando nos acostumbramos a él, se hace auto-voluntad.
Por todo ello pueden ver cuán diferentes son las condiciones que se experimentan en el mundo elemental, lo que allí se percibe, con las del mundo físico. Por consiguiente, pueden juzgar ustedes mismos la necesidad, una y otra vez, de tener cuidado con la conciencia clarividente, al pasar de un mundo al otro, para adaptarse correctamente a las exigencias de cada uno de ellos, en vez de arrastrar, cuando cruzan el umbral, las de uno al otro. Por todo ello el robustecimiento y la revitalización de la vida del alma, son inherentes a la preparación, que tantas veces hemos descrito como necesidad, para poder experimentar el mundo suprasensible. Lo que sobre todo deben volverse fuertes y poderosas son las experiencias anímicas que podemos llamar fundamentalmente morales. Se imprimen como disposiciones del alma en la firmeza de carácter y en la decidida calma interior. Sobre todo debe desarrollarse el coraje interior y la firmeza de carácter, ya que por la debilidad del carácter mutilamos la vida entera del alma, la cual se volvería impotente en el mundo elemental, algo que debemos evitar si esperamos tener allí una experiencia correcta y verdadera. Por consiguiente, nadie que realmente desee alcanzar el conocimiento de los mundos superiores dejará de reforzar sus fuerzas morales, por encima de todas las demás fuerzas que ayudan al alma a penetrar en esos mundos. Uno de los errores más vergonzosos que pueda achacarse a la humanidad es que alguien se permita afirmar que la clarividencia puede adquirirse sin prestar atención al fortalecimiento de la vida moral. Hay que subrayar de una vez por todas que lo descrito en mi libro Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores, en lo que se refiere al desarrollo de las “flores de Loto” que cristalizan en el cuerpo espiritual de un estudiante/clarividente, puede llegar a ocurrir sin la debida atención a la fuerza moral como su soporte. Evidentemente nunca debería hacerse así. Las “flores de loto” han de estar presentes si una persona desea tener la facultad de transformación, facultad que aparece precisamente cuando dichas flores despliegan sus pétalos en un movimiento hacia fuera del ser humano, a fin de aprovechar el mundo espiritual, introduciéndose en él. Todo lo que una persona desarrolla, en cuanto a la habilidad de transformarse, se expresa en la visión clarividente como un despliegue de las “flores de loto”. Y todo lo que se pueda adquirir como sentimiento del Yo reforzado, se convierte en firmeza interior; podemos denominarlo como columna vertebral elemental. Ambas han de ser desarrolladas en forma apropiada: las flores de loto para que uno pueda transformarse, y la columna vertebral elemental, para que uno pueda desplegar un Yo robusto y firme en el mundo elemental.
Ya he mencionado que, en el mundo físico, las fuerzas ahrimánicas se nos acercan más bien desde el exterior, mientras que las luciféricas lo hacen más desde el interior del alma. En el mundo espiritual es justo lo contrario: los seres luciféricos vienen desde fuera y tratan de atrapar las flores de loto, mientras que los seres ahrimánicos vienen desde dentro y se acomodan tenazmente dentro de la columna vertebral elemental. Si nos hemos elevado al mundo espiritual sin el soporte de una moralidad bien asentada, las fuerzas luciféricas y ahrimánicas se alían de manera extraordinaria entre ellas. Si hemos entrado en el mundo espiritual con ambición, vanidad, orgullo o con el deseo de poder, tendrán éxito en su alianza. Usaré una imagen de lo que ellos hacen, que equivale a la situación actual, con lo cual comprenderán que lo que estoy diciendo ocurre realmente. Ahrimán y Lucifer forman una alianza; juntos unen los pétalos de las flores de loto a la columna vertebral elemental. Cuando todos los pétalos están sujetos a dicha columna, el ser humano es él mismo amarrado, encadenado fuertemente por sus flores de loto desarrolladas y la columna. El resultado de esto será un comienzo de egoísmo y de tendencia al engaño, en una extensión tal que sería imposible en una situación normal en el mundo físico. De manera que lo que puede suceder si la conciencia clarividente no se desarrolla de la manera correcta es esto: la alianza entre Ahrimán y Lucifer, por la cual sujetan los pétalos de las flores de loto a la columna vertebral, encadenando a una persona mediante sus propias capacidades elementales, o capacidades etéricas. Y en suma éstas son las cosas que debemos conocer si deseamos penetrar, con los ojos abiertos y con la conciencia despierta, en el mundo espiritual real. Rudolf Steiner Traducido por Javier Jiménez Ordás
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Cuando hablamos sobre los mundos espirituales, tal como hacemos en estas conferencias, hemos de tener en la mente lo siguiente: la conciencia clarividente, que el alma humana puede desarrollar en si misma, no cambiará nada de la naturaleza y la individualidad de una persona, porque todo lo que entra en esa conciencia ya estuvo hace mucho tiempo presente en la naturaleza del hombre.